sábado, 9 de enero de 2016

Diario de Viaje - Día 9 – Iruya. El pueblo perdido entre los cerros


Luego de un suntuoso desayuno en Mística (cuac) nos dirigimos a la terminal para emprender viaje a Humahuaca, allí tomamos el incansable Transporte Iruya, que es lo mismo que decir que nos subimos a un colectivo de la linea 60 pero con la comodidad de tener un espacio para llevar las mochilas. El viaje a Iruya se hace por camino de ripio. El colectivo realiza un tramo por la ruta 9 y luego se adentra en la 133 para pasar por Iturbe, El Condor y otros pueblitos más. Antes de emprender la subida hacia la provincia de Salta cruza dos ríos, este es todo un temita porque si los ríos están crecidos se suspenden los viajes. Por suerte teníamos un día soleado y el rio estaba calmo, al menos llegaríamos, la vuelta estaba por verse.

El camino a Iruya es algo realmente entretenido. Tal vez el tramo que conecta a Humahuaca con Salta por la ruta jujeña no sea de lo más vistoso en comparación a lo que es la bajada salteña. La cosa es así: el colectivo toma un camino en subida para cruzar un cerro que separa ambas provincias, cuando llega a los 4.000 msnm (además del apunamiento) aparece un paisaje extremadamente increíble. Esa altura máxima es el Abra del Condor, donde se encuentra el límite fronterizo de ambas provincias y, a partir de allí, el colectivo comienza la bajada. Lo que se ve en ese camino es muy difícil de describir. El rio Iruya, que en esa zona se llama Colanzulí, separa el cerro de las planicies en altura. Lo que se ve “enfrente” son campos sembrados, algunas casas y montañas que encierran ese hermoso paisaje. Los colores y la inmensidad son realmente impresionantes. Mientras uno se maravilla por la vista que le regala el lugar, el colectivero va lo más campante asomando al precipicio la trompa del vehículo cada vez que realiza una maniobra para doblar. La invocación a la Pachamama, Alá, Dios y Buda es inevitable y el pedido de que al menos nos dejen llegar, también (ja!). Más allá de todo, uno va confiado, estos choferes viajan por esos caminos todo el año ¿justo con nosotros se van a equivocar? Bueno, no sé, yo preferí pensarlo de esa manera…

La fantástica vista que regala el viaje a Iruya

A pesar de que son sólo 83 km que separan a Iruya de Humahuaca, el viaje alcanza las 3 hs. de duración. El descenso hasta los 2780 msnm del pueblo Iruyense se hace por el territorio de Quillamarka, un pueblo Kolla que perteneció al Qollasuyo (Imperio Inca).
Iruya es un pueblo de cultura aborigen que conserva tradiciones hispánicas, la interculturalidad se hace presente en la actualidad. El significado de su nombre proviene de la palabra Quechua o Aymara IRUYOC, en donde IRU es paja y YOC abundancia, o sea “abundante paja”. Su fundación data de 1753, sin embargo existen actas de nacimiento en la parroquia de Humahuaca que testifican que un siglo antes ya había habitantes  en el lugar. Se sabe que fueron los Ocloyas esos antepasados indígenas. Tal como lo hacían aquellas comunidades, en la actualidad, es el trueque una de las actividades comerciales que siguen vigentes en Iruya.

Cuando bajamos del colectivo había varios habitantes que nos ofrecieron hospedaje, a nosotros nos habían recomendado el hostel de Asunta pero al llegar allí ya no había más lugar. Como se encontraba en lo “alto” del pueblo fue todo un tema el ascenso, el camino de piedra y el peso de las mochilas nos obligaban a detenernos cada tanto, mientras los iruyenses iban y venían como si nada. Frente a la iglesia nos habíamos encontrado con Mily, una chica muy jovencita que nos ofreció alojamiento en “El Wichiku”. Como habíamos descendido y el hostel estaba allí nomás, ya no había el más mínimo ánimo de volver a subir la cuesta, entonces nos quedamos en el “Wichi”. No nos equivocamos, el lugar era muy tranquilo, económico y cómodo. La atención y el trato de Mily y su familia fueron excelentes. Habían construido en su propia casa algunas habitaciones y compartíamos baño, cocina y terraza cuya vista panorámica daba al rio. También atendían un comedor donde se comía barato y muy rico.

Como de costumbre, nos acercamos a la Dirección de Turismo y claro, no nos fuimos muy conformes, no podía ser de otra manera. Queríamos hacer la caminata hasta San Isidro, un pueblito que queda a 8 km remontando el rio en dirección norte. En la previa escuchamos varios relatos de gente que ya había realizado el viaje. No pudimos hacer coincidir ninguno en cuanto a la cantidad de tiempo y el nivel de dificultad que conllevaba la travesía. En Turismo nos dijeron que más o menos teníamos que ser Indiana Jones para llegar a San Isidro salvo que contratáramos un guía que por una suma considerable haría de nuestro viaje el más maravilloso de todos los que puedan existir. La economía a esta altura del viaje y las pocas ganas de Ani, hicieron que renunciáramos al proyecto San Isidro. Creo que siempre es bueno dejar cosas pendientes por hacer en cada viaje, porque de esa manera se abre la posibilidad de un futuro regreso.


Bueno, recorrimos Iruya en un rato, nos cansamos un poco porque todo el pueblo está sobre la falda de un cerro. “No le encuentro mucho pintoresco” dijo Ani, “es parecido a las favelas de Brasil ¿viste?” afirmé yo, no entiendo de donde saqué eso, era evidente que el cansancio nos estaba haciendo mal... Tal vez no sea el pueblo más lindo que recorrimos en el viaje pero se respira paz, mucha paz y creo que eso solo justifica conocer Iruya. Al otro día, luego del desayuno, teníamos pensado ir hasta el “Mirador de la cruz”. Allí nos encaminamos, otra vez en subida hasta lo más alto de Iruya. La vista desde ese lugar es espectacular, se ve todo. Encima las nubes estaban bajas así que algunas fotos salieron increíbles. Abajo se podía ver la plaza Sgto. Rosa Guevara, que estaba tapada con un toldo naranja y azul porque bien temprano empezaron a llegar habitantes de los poblados de alrededores. Se estaba preparando la “Festiferia Tradicional del Canto y la Copla”. En la feria se exhibían los productos de la tierra y artesanías que se producían y había un jurado que determinaba cuáles eran los mejores. También prepararon un escenario para los copleros que participarían de la festividad. Lamentablemente nos teníamos que ir al mediodía y sólo pudimos recorrer la feria, probar algunas frutas y comprar yuyo de “muña muña”. Este yuyito tiene las propiedades, de acuerdo a voces expertas, de ser un estimulante afrodisíaco. Sin embargo, cuando le pregunté a la vendedora (poniéndole cara picaresca) sobre las propiedades medicinales del yuyo me contestó: “lo puede usar para los dolores de estómago y el empacho” ¿nada más? Bue…lo llevo igual…
Infaltable foto de la iglesia de Iruya


Correción: Laura Beroldo (http://www.laura-exlibris.blogspot.com.ar) 
Fotos: El Cocoliche

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