lunes, 28 de noviembre de 2011

Colonia del Sacramento, un viaje en el tiempo

Cuando el viajero se adentra en el barrio histórico de Colonia del Sacramento, se transporta irremediablemente en el tiempo. Las construcciones de estilo colonial, las calles adoquinadas, las veredas angostas y el adorno de flores y faroles que abundan en la ciudadela, dan cuenta de una rica historia que tiene sus comienzos en el muy lejano siglo XVII…


En 1680, el Almirante Manuel Lobo, por entonces gobernador de Rio de Janeiro arribó a las costas del actual territorio al mando de 400 soldados y fundó la Colonia do Santissimo Sacramento, que pasó a formar parte del Reino de Portugal. Estos territorios pertenecían a la corona española de acuerdo a un tratado firmado unos años atrás entre españoles y portugueses (Tratado de Tordesillas). Nunca pudieron ponerse de acuerdo ambas coronas sobre cuál era el límite exacto de dicho tratado, en consecuencia, España decidió recuperar aquel bastión rioplatense. La recuperación se realizó en agosto de 1680 y el asentamiento fue renombrado como Fuerte del Rosario. Lobo fue hecho prisionero y años después  falleció en Buenos Aires.
Un nuevo tratado devolvió la ciudad a los portugueses, quienes la refundaron con el nombre de Nova Colonia do Sacramento en febrero de 1683. Como  les estaba prohibido el intercambio comercial con el Virreinato del Rio de la Plata, esto dio lugar al contrabando de productos portugueses y británicos con comerciantes españoles afincados en Buenos Aires.
Tras un nuevo litigio y una nueva ocupación española, la ciudad de Colonia fue liberada por británicos que fomentaban ideas independentistas. De este modo, a partir de 1807 entró en escena el recordado caudillo José Gervasio Artigas quien se sumó  a las guerras por la independencia del Rio de la Plata. De esta manera, Colonia acabó formando parte de la Provincia Oriental.
En 1816, una invasión portuguesa-brasileña ocupó nuevamente la ciudad hasta que en 1828, Colonia del Sacramento quedó definitivamente bajo la soberanía del Estado Oriental del Uruguay.
Todas estas idas y vueltas en la posesión del territorio pueden entenderse si se tiene en cuenta la ubicación estratégica de la ciudadela colonial. La proximidad con Buenos Aires facilitaba el intercambio comercial y la posibilidad para Portugal de poder introducir en el Virreinato productos del Brasil como el azúcar, el algodón y el tabaco, además de varias manufacturas europeas y esclavos capturados en Africa. Toda búsqueda de intercambio tenía como finalidad la acumulación de la plata peruana.

El crisol cultural surgido de las poblaciones españolas y portuguesas se manifiesta en cada rincón de la actual Colonia. De esta manera, el viajero puede visitar la Iglesia más antigua de Uruguay, la Basílica del Santísimo Sacramento, erigida como un rancho de paja y reconstruida en reiteradas ocasiones debido al deterioro que sufrió tras las batallas entre hispanos y lusitanos.
Una de las calles más famosas es La Calle de los Suspiros, en cuya historia descansan varias leyendas, aunque la más aceptada es la que cuenta sobre una calle que en tiempos coloniales estaba poblada de prostíbulos. Marineros y soldados la transitaban piropeando a las prostitutas y suspirando al verlas una y otra vez.
La Puerta de Campo, además de ser la encargada de darle la bienvenida al visitante, informa que fue construida en el año 1845 por orden del gobernador Vasconcellos cuya vocación arquitectónica posibilitó la construcción de una buena parte de la ciudad.
Además, Colonia tiene su faro, su Plaza Mayor, sus museos y por sobre todas las cosas, su gente. El viajero no deja de sentirse cómodo en un lugar por demás pintoresco, gracias a la buena predisposición y amabilidad de quienes trabajan y habitan aquel espacio uruguayo.
Reza un folleto que entregan en la Dirección de Turismo: “Colonia, Encuentro Mágico”. Pocas veces un puñado de palabras dijeron tanto…

Fuente: Centro de Informacion Turistica de Colonia (www.colonia.gub.uy), Museos de Colonia (www.museoscolonia.blogspot.com/) 
Corrección: Laura Beroldo (http://www.laura-exlibris.blogspot.com/)

sábado, 19 de noviembre de 2011

El subte de Buenos Aires en la década del 60


El día 29 de septiembre del año 1963, el diario La Nación publicó un artículo titulado “Vigilia de Buenos Aires”. En dicho artículo, el autor escribió un pequeño relato acerca del trabajo nocturno que se realizaba en los subtes.
Nos cuenta que eran 600 los trabajadores que bajo el hormigón trajinaban incansablemente cada madrugada limpiando trenes y estaciones, cambiando vías, arreglando señales y tensando cables. Como evidencia de la vasta población inmigrante de la época, el autor aclara que aquellos hombres eran italianos, españoles, polacos y criollos.
Aquellos vagones recorrían 71.000 kilómetros cada 20 horas ya que el servicio se extendía puntualmente desde las 5 hs de la mañana hasta la 1:30 hs del día siguiente.
A continuación comparto las fotos del artículo cuyos epígrafes reproduzco tal como los escribió el autor. El documento, además de tener valor histórico nos muestra pinceladas curiosas de la vida porteña en la década del 60. Recuerden que en aquellos tiempos se ingresaba a las estaciones mediante la compra de un cospel. 

Tres millones de pesos en fichas, promedio de los días hábiles; un millón seiscientos mil los sábados y un modesto millón los domingos. El tren colector lleva las bolsas de fichas de todas las estaciones a la cabecera, para el recuento. Lo precede un tren piloto que verifica si la estación ha sido clausurada. El tren recolector no entra en la estación hasta que el piloto lo ha comprobado y partido.

Importante labor: recoger los papeles entre las vías. El no hacerlo diariamente equivaldría a la posibilidad de un incendio, con fácil alimento en los durmientes embebidos en aceite. ¿Qué se encuentra en las vías? “Antes se encontraban muchas carteras con documentos, que tiraban por las ventanas los carteristas, pero ya no” ¿Estarán de huelga?

El tensado de los cables eléctricos aéreos lo hacen desde el techo de la zorra 1000. Los tramos de cable, que miden 1000 metros, se cambian cuando el espesor es menor a 9,5 milímetros. A pesar de que conducen una carga eléctrica de 1100 voltios, los hombres pueden manipularlos sin peligro gracias al piso de madera y a los aislantes del techo de la zorra.

Mil fichas en 30 segundos. Luego del recuento en la maquina a ese extraordinario ritmo pasan a una balanza, donde se pesan en paquetes de 1000. La falta de una sola ficha es señalada por el sensible instrumento. En otra máquina se vuelven a contar para evitar cualquier error.

Agua y jabón en pisos y paredes. Todos los días se lava y cepilla “a fondo” una estación distinta en cada línea. Dato curioso: la franja de azulejos –en el fondo- es de color distinto en todas las estaciones de las cuatro líneas. Se hizo así –es tradición- para orientación de los analfabetos.

Trabajadores reemplazan el riel de la izquierda, alemán, por uno soviético. En subterránea armonía encontramos rieles ingleses en la línea A, norteamericanos en la B, alemanes en C y D. Los del nuevo tramo en la línea E son rusos. El trabajo se realiza con toda rapidez, cambiando 120 metros de riel -60 de via- entre 2 y 5 de la mañana.

Abajo la cortina. Es la 1.30 de la madrugada. Ya pasó “el pavo”, último tren del servicio. “El saque”, primero en la mañana, partirá puntualmente a las 5. Son los trenes más importantes de la jornada. 

Fuente: Archivo Histórico de Barracas "Enrique H. Puccia (http://www.jhbarracas.blogspot.com/)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

EL CARNAVAL DE “LOS AMOROSOS”


A comienzos de la década de 1980, el país dejaba atrás años oscuros, en los cuales el carnaval había sido prohibido y censurado en varias ocasiones por los sucesivos gobiernos militares. Incluso se había decretado, en 1976, el fin de los feriados de febrero.
Pero los 80´s trajeron un aire nuevo con la llegada de la vida democrática. Ésto se manifestó en la gestación de muchos corsos barriales que le dieron vida al carnaval en todo el país.

Mi infancia transcurrió por las calles de Lanús. La oferta de corsos por aquella época era variada, existían alrededor de 3 o 4 corsos por barrio, y las madres tenían que sufrir el acoso de sus hijos, que les pedían, por favor, que  los llevaran a uno u otro.
El barrio donde viví mi infancia se movilizaba cada febrero al ritmo del corso que el Club Ideal organizaba cada verano.
Era común ver a los vecinos sentados en la puerta de sus respectivas casas cada noche, charlando, tomando mate o compartiendo alguna bebida. Todo esto se daba, claro está, de lunes a jueves porque los fines de semana la desolación invadía aquellas calles ya que la gente se agolpaba en torno al “corso del Ideal” para disfrutar y aplaudir cada comparsa que por allí desfilaba.
Los niños lo vivíamos como un momento único, tal es así, que llevamos adelante la idea de armar una comparsa propia. Los disfraces utilizados en los festivales escolares de diciembre servirían como atuendo perfecto para nuestro fin. Incluso, algunos trajes terminaron siendo muestra de un talento infantil que desconocíamos hasta ese momento. Entre muchos y variados, había un nene que se disfrazaba de borrachín y que antes de cada actuación preparaba algunos litros de té para llenar el envase que utilizaba y emular así el color del vino.
Por supuesto no faltaban los payasos, la bailarina de can-can y la parejita de recién casados. La vecinita que personificaba a la novia era la más alta de todos y llevaba puesto el vestido de casamiento de mi madre, que en aquel momento se encontraba en pleno trámite de divorcio. Años después llegué a la reflexión que mi mamá había encontrado la oportunidad justa para deshacerse de una buena vez de aquel vestido…
         Teníamos, también, redoblantes que muy ingeniosamente habíamos armado con latas de dulce de batata donadas por Juan, el almacenero, y por supuesto un estandarte hecho de cartón y guirnaldas de navidad que nos identificaba como “Los amorosos de Yerbal” (nombre de la calle en la que vivíamos).
Nuestro “corso” era una de las veredas de la cuadra donde vivía la mayoría de los “murgueros”. El desfile comenzaba después de la cena y se extendía hasta que nos íbamos a dormir o hasta que algún vecino se quejaba por el bochinche…
Un día se nos ocurrió que ya habíamos alcanzado la madurez suficiente como para reclamar nuestra desfilada por el corso del Ideal. Entonces fuimos a hablar con uno de los organizadores, quien nos dio el visto bueno y decidió que desfilaríamos junto a la comparsa infantil del club.
La “pasada” por el corso fue el momento cúlmine de “los amorosos”. Para la ocasión, dejamos las latas de dulce porque la comparsa del club tenía sus propios redoblantes. Entonces, los que nos encargábamos de hacer ruido, finalmente desfilamos disfrazados de “viejas chusmas”, con vestidos de las abuelas,  pañuelos en la cabeza y una escoba cada uno. Haber escuchado los aplausos de la gente y nuestro nombre por los parlantes son recuerdos imborrables en la memoria de cada uno de los niños que fuimos parte de la comparsa…
El corso del Club Ideal lamentablemente ya no existe. Pero poco a poco vuelve a surgir aquel festejo en el gran Buenos Aires, impulsado, creo yo, por la vuelta de los feriados. Ojalá que la alegría no se pierda. Ojalá que regrese el carnaval. ¡Ojalá que vuelvan a nacer muchos “amorosos” más!

Las murgas que forman parte del video son: "La Redoblona", "Los Chiflados de Boedo", "Los Inconscientes de Almagro", "Cachengue y Sudor" y "Los Descontrolados de Barracas".

CORRECCIÓN: Laura Beroldo (http://www.laura-exlibris.blogspot.com/)
FOTOS: Gentileza de Ricardo Daniel Martinez y Julio Locatelli.